diumenge, 4 de gener de 2009

De las llaves a las cerraduras. Público y privado

"Ahora con la blogosfera tengo la sensación de que me mienten. Antes con la prensa tenía la certeza." Viñeta ADN

La prensa aparece siempre como tótem guiador y profético de la verdad púbica. Todo y que nos aferramos a hacer una diferenciación entre la opinión pública y la opinión publicada, parece que se da al lector siempre un rol de recipiente pasivo en el que los medios de comunicación oficiales cual sacerdote medieval guían a su rebaño. Ni esta frase nos servía en la edad media cuando había menos medios, ahora mucho menos. Entre otras cosas porque cada pastor tiene sus intereses privados y competitivos con el resto de pastores, y porque tampoco pueden decir cosas que estén demasiado alejadas de la realidad, pues la confianza se pierde. Esto sitúa una dialéctica constante entre lo que se pretende decir y la realidad, ese margen que queda es lo que se publica.

Esa capacidad cuasi profética que se le da a la palabra la podemos ver reflejada en la propia producción de carteles y manifiestos. En los cuales la intención clara es la de denunciar a partir de verdades absolutas la corrupción del contrario anteponiéndola a la virtud de lo propio. La formulación parece pretender que en esas lineas se contenga la información necesaria para que el crédulo lector se una a las filas. Cometiendo los mismos errores anteriormente mencionados. Cada grupo tiene sus intereses y por eso la suma de ellos no conduce al mismo punto, son mas bien igual que la realidad, un poliedro. Y también se juega la misma dialéctica entre lo que se pretende decir y la realidad. Se puede decir que se hace trabajo de barrio como algo abstracto y incluso citar algún caso concreto de intervención que salve la papeleta, así como el ayuntamiento también puede publicar que hace vivienda social y poner su único ejemplo.

Así lo público (o publicado por el actor que sea) no es más que una representación de la realidad, algo simbólico mediatizado por lo que lleva dentro quien escribe. La única diferencia entre un cartel, un panfleto o una noticia televisada es el riesgo de la apuesta de conseguir mayor o menor confianza en el medio, y el emisor; lo cual viene condicionado por la cantidad de gente a la que llega, lo próxima que esté la gente a la que se llega, el poder que tenga la gente a la que se llega, y la búsqueda de feedback que haya.

Los receptores de lo que se publica tendrán una mayor capacidad de crítica en tanto sean más o menos cercanos a aquello que se emite. Está claro que la capacidad de mentir sobre algo de lo que no se tiene referencias es mucho mayor. Si el público al que va destinado no tiene ningún poder sobre el medio, también. Y si no hay ninguna intencionalidad de buscar un feedback la capacidad de aislarse de la realidad se vuelve mucho mayor, con lo cual las ataduras sobre la realidad versus la pretendida realidad se desvanecen. En el caso que nos atañe la mayor parte de centros sociales no pertenecen a la cotidianidad de las personas cercanas geográficamente, éstas no tienen experiencias previas de desalojos vecinales (lo que sería una clara muestra de poder por su parte), y al tener un apelativo actualizado de “falsa consciencia” los vecinos que no pasan por el centro social (normalmente más del 99'9%) son considerados casi enemigos.

Así la visión de lo público que se da desde los centros sociales puede llegar a márgenes de disparidad sobre la realidad altísimos. La realidad en sí misma (como verdad absoluta) y la realidad colectiva (la construcción social de la misma). La capacidad de autocrítica queda pues como un ejercicio interno del que no hay fisuras que salgan al exterior. Si lo combinamos con el concepto de identidad okupa, llevar a cabo una política de cerrar filas convierte el hecho de criticar una acción concreta de un grupo concreto en un ataque a la totalidad de la okupación, a no ser que se haga sin transgredir los muros opacos que separan el gueto.

El hecho de no querer participar de estructuras comunicativas, u otras, de aquellos a quien se etiqueta como enemigos (dialéctica de guerra) conlleva el hecho de generar medios propios en los que experimentar la propia estrategia comunicativa. Con el agravante de no contar con algún tipo de confianza (o referencia) previa, y de un rechazo frontal del concepto marketing, lo que sitúa éstos medios de comunicación como medios difíciles de dar a conocer a otras personas que no pertenezcan al gueto, y difíciles de asumir por la distancia del contenido y su forma respecto de otras personas de fuera del gueto. Así, son poco permeables a los temas de actualidad. Hay poca calidad como periodismo de investigación, y son muy pocos los casos en los que las fuentes son contrastadas o simplemente se citan; adquiriendo el rango de verdad cualquier frase escrita en los propios medios. Son medios que básicamente sirven de altavoz a temas propios y escritos más en clave de cronista (en primera persona como participante de los hechos). Convirtiéndose la esfera de lo público en lo dictado por unos medios anclados en un gueto, sin más voluntad que la de conseguir una dialéctica de imposición de una verdad y no de construcción de una realidad. Lo que permite en guetos mucho más extremistas, como los radicales cristianos, llegar a imponer en las escuelas la teoría creacionista como única verdad (cuando ni siquiera es la única verdad dentro de ese gueto).

Así pues, se acaba asumiendo la misma dialéctica de guerra en los medios, que acaban dictando quienes están dentro y quienes fuera. Lo público es la limitación de la frontera entre la virtud, lo amigo, lo que tiene confianza, lo que no se critica, lo propio. Versus, la perversión, lo enemigo, lo que miente con un fin, lo que hay que sistemáticamente atacar. Así la construcción de lo público no se realiza conjuntamente con ningún agente crítico ni confrontando argumentadamente la construcción de la realidad oficial. Si no, que se hace paralelamente, al margen de ésta. Siendo el pilar de justificación el hecho de que contra peor vayan las cosas, mejor para nosotras. Es este argumento el que imposibilita el elogio, acuerdo, o crítica argumentada frente al contrario. Lo que justifica al haber sido situado como enemigo (y todos sus adjetivos colindantes) que cualquier propuesta que salga desde ese lugar sea considerada una trampa, o una simple estrategia de cortina de humo, frente a lo realmente importante, que queda oculto. Así a los ojos del gueto, aquello que no pertenece al grupo se encuentra ante una trampa constante, existir contra el grupo haga lo que haga, proponga lo que proponga, o desaparecer.

Es así como la esfera de lo privado va cogiendo protagonismo frente a una construcción de lo público desmesuradamente maniquea y poco creíble. Lo que sitúa en una posición ventajosa el peso de la comunicación informal. En un contexto en el que los medios “oficiales” (representen a los intereses que representen) construyen una representación de la realidad demasiado alejada de la de los receptores, los pasillos se erigen como protagonistas de la realidad construida. Pasillos que son fácilmente manipulables (más contra más poder se tiene) y cuyas opiniones no son ni contrastadas, ni a menudo tienen una fuente fiable. Es así como la mayor parte de la okupación no tiene una opinión pública formada tanto por los medios de comunicación como por otros canales. Eso precisamente ayuda al hecho de que los temas por los cuales es conocida la okupación sean temas menos políticos y más cuestiones de cotidianidad. Sin una política comunicativa formal, y un discurso muy alejado de la realidad las cuestiones de convivencia se convierten en el tema público. Eso es lo que ha llevado a la okupación a ser conocida por temas de “orden público” y no tanto por temas “políticos”.

Así es probable que el vecindario conozca poco o nada del proyecto político, social, ... y sí en cambio conozca si son limpios, las fechas de festejos y ruidos, su duración, su cantidad de decibelios, ... En el momento en que no hay una preocupación por lo público, por el feedback que los vecinos puedan tener del proyecto, y tampoco pueden ejercer ningún poder sobre el centro social, ya que éste sigue su cauce por sendero judicial, la responsabilidad de tejer acuerdos se desvanece. Al igual que un partido político del cual casi nadie sabe su programa político y sí en cambio cuestiones más estéticas o de la vida personal de los candidatos, y tampoco buscan un feedback en la población ya que quienes tienen poder sobre ellos no son los votantes si no la banca.