dilluns, 12 de gener de 2009

De las llaves a las cerraduras. Del reciclaje al skipping

Para empezar hace falta situar el término skipping, ya que es muy poco usado, ni tan siquiera en el ambiente okupa extranjero, forma parte del slang (jerga) inglesa. Consiste en el acto de entrar en un contenedor de basura para buscar aquello que otros han tirado, normalmente comida.

Pero no comencemos por el final. Lo primero es buscar los motivos por los que existe este superàvit en los stocks. En primer lugar éste se ha convertido en un bien de consumo (por mucho que los aguerridos habitantes de la Inglaterra que relató Thompson se opusieran a ello) y en una especie de paranoia colectiva la posibilidad de la escasez de comida (si no recordemos la última vaga de transportistas en la que los stocks de los supermercados cayeron al 40 o 60% y hubo gente que montó en pánico pensando que moriría de hambre). Es por ello que la comida no se contabiliza según las necesidades si no según los stocks a llenar, de los cuales, una altísima cantidad no llega a venderse nunca. Es la predominancia de la oferta sobre la demanda.


Es por este motivo que en New York empezó un movimiento de clase media conocido como los freegan que recorrían la 5th Avenue en busca de la comida que tiraban las tiendas. Una comida que ni tan siquiera estaba en mal estado o caducada, simplemente el hecho publicitario de ser las que tienen el producto más fresco promovía el hecho de tirarla enseguida. Este hecho mezclado con la mala consciencia típica cristiana provocó indignación entre la gente que empezó a salir en masa para recoger la comida que se tiraba. Todo y estos antecedentes políticos, nunca han faltado personas que han tomado esto, y desde mucho antes, no des del argumento político si no más bien des de la pura subsistencia.


Fruto de la realidad que vivimos cotidianamente desde la okupación se han ido tomando posicionamientos que se han adaptado a las dos fórmulas básicas. El reciclaje como fórmula política que con la ayuda de textos y el conocimiento mutuo intenta que en mercados y tiendas de barrio no se tire el excedente y se comparta con ellos. En muchos casos deriva también en comida que se prepara en comedores populares. Y el skipping como práctica más cercana a la subsistencia. Ambas prácticas entran en competencia con aquellas personas que lo practican como forma de subsistencia (aunque de todas maneras se tira suficiente comida como para abastecer al 25% de la ciudad).


Entre estas prácticas además encontramos otras formas de conseguir la comida. Cultivarla, comprarla o asociarse a través de una cooperativa de consumo. Ésta última de gran auge entre los movimientos sociales y que conlleva una autorganizacion y autogestión muy grandes con respecto al resto (exceptuando la de cultivar que en entorno urbano está muy limitada) y que además asegura una experiencia que se basa en la propia capacidad y que es “heredable”.


La adopción de unas u otras prácticas se ve en mucho condicionada por la temporalidad y el sentimiento de pertenencia a un lugar. A mayor pertenencia y menor temporalidad parece que se aseguran más los mecanismos de reciclaje político, cooperativas de consumo; y a la inversa el skipping y el supermercado (ya sea en su acepción compra o robo). Así cada opción se retroalimenta. Ya que en los casos más extremos de temporalidad y desconexión con la realidad ni tan siquiera se suele hacer el esfuerzo por dejar como estaba la basura. Con la consecuente molestia para el vecindario por suciedad. Lo que suele llevar a que las tiendas que tiran la comida lo hagan arrebujado entre otras cosas o en horarios más exactos para que no pueda haber aprovechamiento, i por tanto pierda su condición de “heredable”.

dijous, 8 de gener de 2009

De las llaves a las cerraduras. Entre la gentrificación y la terciarización se da el mobbing

El principal motivo por el cual existe la okupación es el simple hecho de que hay espacios abandonados, si este requisito sería imposible (ya lo decía Marx que toda ideología tiene una base material), pero lo interesante en primer término es descubrir porque existe esta bolsa de espacios vacíos.

El primer motivo lo encontramos en la globalización y la consecuente terciarización de la sociedad occidental. El abandono de las fábricas no competitivas y su traslado a países en los que la legislación laboral sea inexistente produce que las zonas fabriles de las ciudades se vayan abandonando. Así estos espacios pueden ser interesantes por dos motivos, por el espacio en sí mismo, o por el uso del espacio. Dicho de otra manera, por la estructura del inmueble o por las herramientas productivas que encontramos allí.

En Argentina después del “corralito” las fábricas fueron okupadas principalmente por su potencial productivo, al igual que en la guerra civil española. En Barcelona, una sociedad terciarizada y que a priori es más dependiente del capital especulativo, existe un superávit de productos de primera necesidad y de consumo (no por mérito productivo propio, si no de chantaje y expolio a terceros países dónde la vida humana vale menos que nada), así pues, la necesidad de producir para el intercambio es mucho menor. En esta tónica vemos que al espacio se le dan nuevos usos, que van muy de acuerdo con los usos que le ha dado la gentrificación, como podemos observar claramente en Bogatell, la reconversión de fábricas en talleres artísticos o lugares de ocio nocturno. La mayor parte de fábricas okupadas han seguido éstos mismos cánones.

Éste proceso actualmente está ya en un estado muy avanzado en Barcelona y la mayor parte de fábricas están en el extraradio, en parte debido también a normativas. Lo que ha dejado a muchas personas si empleo, sobre todo aquellas mas desfavorecidas. Lo que no parece haber ocurrido (al menos que yo conozca) es la hibridación de las dos luchas, en contra de la pérdida del trabajo, y la okupación.

El otro proceso es el de gentrificación, que muestra diferentes manifestaciones de forma simultánea. La recuperación de los centros históricos de las ciudades por parte de la gente con recursos económicos altos. Eso ha comportado que Ciutat Vella haya pasado de ser un barrio en el que ha llegado a haber mayor oferta que demanda de alquiler, y que tradicionalmente la comenzó a absorber migrantes trabajadores de bajo poder adquisitivo y que ahora está pasando a albergar lofts de lujo.

Juntamente con la adaptación progresiva de los espacios comerciales que se especializan en productos de alto valor añadido lo que turistifica la zona produciendo en la rápido encarecimiento del barrio y paulatina la equiparación con el resto de la ciudad.

Este proceso de violencia urbanística se plasma en su cara más inhumana en el mobbing. El vaciado paulatino de fincas enteras que ha sido una cruda guerra contra las personas más desfavorecidas de los barrios. Esto en muy pocos casos ha supuesto la hibridación de las dos luchas, tanto por falta de voluntad de los okupas como por desconfianza de las vecinas, que podían pensar en que eso les podría perjudicar más todavía. Es más ha habido casos de vigilancia creciente para adueñarse de los pisos que las víctimas del mobbing iban dejando, y en algunos pocos si que se a producido esa hibridación como estrategia ante el desalojo. Lo que en algunos casos la propia existencia okupa ha sido usada por parte de la propiedad para provocar miedo y desconfianza entre los inquilinos, lo que ante la pasividad okupa, ha querido decir convertirse en parte del acoso inmobiliario.

dilluns, 5 de gener de 2009

De las llaves a las cerraduras. Autogestión o producción externalizada.

La okupación de fábricas se da siguiendo un contexto de explotación por el que, los propietarios de las fábricas son quienes las gestionan (o contratan a alguien para que lo haga siguiendo su ideología) y los trabajadores cabreados pasan de ser productores a ser productores-gestores. Es el caso también de muchos obreros que pasan a formar sus propias cooperativas.

En el caso de la okupación debido a su doble naturaleza, vivienda y centro social, será mejor separarlo. Siguiendo la lógica nombrada podríamos argumentar que la okupación de viviendas ligada a la autogestión parte del echo que se considera que se está en contra de la gestión que hacen los propietarios y se prefiere la okupación para probar nuevas formas de gestión más acordes con la ideología. Pero, cual es este motivo de disconformidad sobre la gestión, nos lo tiene que dar la forma de gestionar las viviendas.

No parece ser pues, una disconformidad en el estado de conservación del edificio, ni los riesgos lesivos derivados (desplome de fachada, sistema eléctrico inseguro), o un desacuerdo sobre la forma de gestión de los recursos energéticos (exceptuando unos pocos casos como puede ser Can Masdeu). Ya que si nos encontráramos ante este problema (el echo de considerar que los propietarios no se hacen cargo de esta gestión del edificio) nos encontraríamos que una de las preocupaciones básicas de las personas que habitan estas viviendas sería ésta.

En cambio, parece coger más fuerza el argumento economicista. Pero, se debe ello a que parte de ese dinero que no se paga va a parar a la generación de contrapoder, como por ejemplo cooperativas (construint, un colectivo que se reunía en Can Vies vio nacer 2 cooperativas, o el Ateneu de l'Eixample, en el que hay una cooperativa de consumo). La verdad es que no parece que proliferen mucho estas fórmulas, más en cambio los colectivos y proyectos quedan a merced de la fórmula mágica de la autogestión, las fiestas.

Si nos vamos al caso de los centros sociales, y seguimos la lógica anteriormente citada. Éstos partirían de colectivos que en el espacio dónde están no pueden seguir pagando, o bien encuentran impedimentos políticos para la realización de sus actividades (como sería el caso de la insubmisión a finales de los 80, principios de los 90, lo que les llevó a salir de los centros cívicos para buscar en la okupación un lugar des del que poder seguir adelante con su lucha.

Pero esto en la mayor parte de los casos no sucede, y nos encontramos en cambio, delante de una asamblea gestora en la que en muy pocos casos sus miembros son al mismo tiempo productores. Así nos encontramos con algo que no difiere tanto de los centros cívicos en su práctica de la gestión, sí en cambio en su ideología. Así, resulta que en determinados momentos podemos encontrar muchos centros sociales en un radio geográfico muy pequeño, además de estar la mayor parte del tiempo vacíos, o con muy pocas actividades. La cual cosa demarca, o como mínimo deja intuir que la posesión de un centro social es más importante que el echo de producir ya sean charlas, talleres, cursos, … Además revierte un proceso muchos más natural y orgánico, que es el que también reclamarían las escuelas libertarias, el aprendizaje a partir de la experiencia práctica. Si entendemos la producción como la experiencia práctica, el echo de que haya un grupo de personas dedicada a la gestión sin esa experiencia previa, o como mínimo en una situación de simultaneidad, los aleja de la realidad.

Es así como las actividades que más han llenado los centros sociales, tanto de afluencia de gente, como de cantidad de veces realizadas, han sido las fiestas. Por tanto sí que hay algo que estas asambleas gestionen, pero lo podemos enmarcar claramente en el sector ocio-servicios. Es pues que faltan muchos grupos que produzcan y no tantos que gestionen, que además a nivel energético, es un desastre insostenible pues la energía requerida para la gestión se vuelve mucho mayor que la requerida para la producción (lo cual ha sido marca típica del capitalismo, pasar de una población que produce, a una población que gestiona o está en el sector servicios).

diumenge, 4 de gener de 2009

De las llaves a las cerraduras. Público y privado

"Ahora con la blogosfera tengo la sensación de que me mienten. Antes con la prensa tenía la certeza." Viñeta ADN

La prensa aparece siempre como tótem guiador y profético de la verdad púbica. Todo y que nos aferramos a hacer una diferenciación entre la opinión pública y la opinión publicada, parece que se da al lector siempre un rol de recipiente pasivo en el que los medios de comunicación oficiales cual sacerdote medieval guían a su rebaño. Ni esta frase nos servía en la edad media cuando había menos medios, ahora mucho menos. Entre otras cosas porque cada pastor tiene sus intereses privados y competitivos con el resto de pastores, y porque tampoco pueden decir cosas que estén demasiado alejadas de la realidad, pues la confianza se pierde. Esto sitúa una dialéctica constante entre lo que se pretende decir y la realidad, ese margen que queda es lo que se publica.

Esa capacidad cuasi profética que se le da a la palabra la podemos ver reflejada en la propia producción de carteles y manifiestos. En los cuales la intención clara es la de denunciar a partir de verdades absolutas la corrupción del contrario anteponiéndola a la virtud de lo propio. La formulación parece pretender que en esas lineas se contenga la información necesaria para que el crédulo lector se una a las filas. Cometiendo los mismos errores anteriormente mencionados. Cada grupo tiene sus intereses y por eso la suma de ellos no conduce al mismo punto, son mas bien igual que la realidad, un poliedro. Y también se juega la misma dialéctica entre lo que se pretende decir y la realidad. Se puede decir que se hace trabajo de barrio como algo abstracto y incluso citar algún caso concreto de intervención que salve la papeleta, así como el ayuntamiento también puede publicar que hace vivienda social y poner su único ejemplo.

Así lo público (o publicado por el actor que sea) no es más que una representación de la realidad, algo simbólico mediatizado por lo que lleva dentro quien escribe. La única diferencia entre un cartel, un panfleto o una noticia televisada es el riesgo de la apuesta de conseguir mayor o menor confianza en el medio, y el emisor; lo cual viene condicionado por la cantidad de gente a la que llega, lo próxima que esté la gente a la que se llega, el poder que tenga la gente a la que se llega, y la búsqueda de feedback que haya.

Los receptores de lo que se publica tendrán una mayor capacidad de crítica en tanto sean más o menos cercanos a aquello que se emite. Está claro que la capacidad de mentir sobre algo de lo que no se tiene referencias es mucho mayor. Si el público al que va destinado no tiene ningún poder sobre el medio, también. Y si no hay ninguna intencionalidad de buscar un feedback la capacidad de aislarse de la realidad se vuelve mucho mayor, con lo cual las ataduras sobre la realidad versus la pretendida realidad se desvanecen. En el caso que nos atañe la mayor parte de centros sociales no pertenecen a la cotidianidad de las personas cercanas geográficamente, éstas no tienen experiencias previas de desalojos vecinales (lo que sería una clara muestra de poder por su parte), y al tener un apelativo actualizado de “falsa consciencia” los vecinos que no pasan por el centro social (normalmente más del 99'9%) son considerados casi enemigos.

Así la visión de lo público que se da desde los centros sociales puede llegar a márgenes de disparidad sobre la realidad altísimos. La realidad en sí misma (como verdad absoluta) y la realidad colectiva (la construcción social de la misma). La capacidad de autocrítica queda pues como un ejercicio interno del que no hay fisuras que salgan al exterior. Si lo combinamos con el concepto de identidad okupa, llevar a cabo una política de cerrar filas convierte el hecho de criticar una acción concreta de un grupo concreto en un ataque a la totalidad de la okupación, a no ser que se haga sin transgredir los muros opacos que separan el gueto.

El hecho de no querer participar de estructuras comunicativas, u otras, de aquellos a quien se etiqueta como enemigos (dialéctica de guerra) conlleva el hecho de generar medios propios en los que experimentar la propia estrategia comunicativa. Con el agravante de no contar con algún tipo de confianza (o referencia) previa, y de un rechazo frontal del concepto marketing, lo que sitúa éstos medios de comunicación como medios difíciles de dar a conocer a otras personas que no pertenezcan al gueto, y difíciles de asumir por la distancia del contenido y su forma respecto de otras personas de fuera del gueto. Así, son poco permeables a los temas de actualidad. Hay poca calidad como periodismo de investigación, y son muy pocos los casos en los que las fuentes son contrastadas o simplemente se citan; adquiriendo el rango de verdad cualquier frase escrita en los propios medios. Son medios que básicamente sirven de altavoz a temas propios y escritos más en clave de cronista (en primera persona como participante de los hechos). Convirtiéndose la esfera de lo público en lo dictado por unos medios anclados en un gueto, sin más voluntad que la de conseguir una dialéctica de imposición de una verdad y no de construcción de una realidad. Lo que permite en guetos mucho más extremistas, como los radicales cristianos, llegar a imponer en las escuelas la teoría creacionista como única verdad (cuando ni siquiera es la única verdad dentro de ese gueto).

Así pues, se acaba asumiendo la misma dialéctica de guerra en los medios, que acaban dictando quienes están dentro y quienes fuera. Lo público es la limitación de la frontera entre la virtud, lo amigo, lo que tiene confianza, lo que no se critica, lo propio. Versus, la perversión, lo enemigo, lo que miente con un fin, lo que hay que sistemáticamente atacar. Así la construcción de lo público no se realiza conjuntamente con ningún agente crítico ni confrontando argumentadamente la construcción de la realidad oficial. Si no, que se hace paralelamente, al margen de ésta. Siendo el pilar de justificación el hecho de que contra peor vayan las cosas, mejor para nosotras. Es este argumento el que imposibilita el elogio, acuerdo, o crítica argumentada frente al contrario. Lo que justifica al haber sido situado como enemigo (y todos sus adjetivos colindantes) que cualquier propuesta que salga desde ese lugar sea considerada una trampa, o una simple estrategia de cortina de humo, frente a lo realmente importante, que queda oculto. Así a los ojos del gueto, aquello que no pertenece al grupo se encuentra ante una trampa constante, existir contra el grupo haga lo que haga, proponga lo que proponga, o desaparecer.

Es así como la esfera de lo privado va cogiendo protagonismo frente a una construcción de lo público desmesuradamente maniquea y poco creíble. Lo que sitúa en una posición ventajosa el peso de la comunicación informal. En un contexto en el que los medios “oficiales” (representen a los intereses que representen) construyen una representación de la realidad demasiado alejada de la de los receptores, los pasillos se erigen como protagonistas de la realidad construida. Pasillos que son fácilmente manipulables (más contra más poder se tiene) y cuyas opiniones no son ni contrastadas, ni a menudo tienen una fuente fiable. Es así como la mayor parte de la okupación no tiene una opinión pública formada tanto por los medios de comunicación como por otros canales. Eso precisamente ayuda al hecho de que los temas por los cuales es conocida la okupación sean temas menos políticos y más cuestiones de cotidianidad. Sin una política comunicativa formal, y un discurso muy alejado de la realidad las cuestiones de convivencia se convierten en el tema público. Eso es lo que ha llevado a la okupación a ser conocida por temas de “orden público” y no tanto por temas “políticos”.

Así es probable que el vecindario conozca poco o nada del proyecto político, social, ... y sí en cambio conozca si son limpios, las fechas de festejos y ruidos, su duración, su cantidad de decibelios, ... En el momento en que no hay una preocupación por lo público, por el feedback que los vecinos puedan tener del proyecto, y tampoco pueden ejercer ningún poder sobre el centro social, ya que éste sigue su cauce por sendero judicial, la responsabilidad de tejer acuerdos se desvanece. Al igual que un partido político del cual casi nadie sabe su programa político y sí en cambio cuestiones más estéticas o de la vida personal de los candidatos, y tampoco buscan un feedback en la población ya que quienes tienen poder sobre ellos no son los votantes si no la banca.