dilluns, 7 de juny de 2010

Los monstruos de la democracia

Los zombies lo irrupen todo en los últimos años. Cómics, cine, blogs, hay incluso un par de libros que analizan el fenómeno, no podían faltar. Y es que cada sociedad y cada contexto tiene a sus propios monstruos.

Una sociedad a la que se le exigía que pidiese perdón por sus pecados, necesitaba tener el aliciente de algo sobrenatural y fantasmagórico que le perseguiría mientras no acudiera al mago o cura de turno, que gustoso obtenía información confidencial, para jugar con ella como le viniera en gana luego. Cuando el hombre mató a Diós, los peligros de la ciencia, joven, desbocada y poderosa generaron a Frankestein. La sociedad burguesa que nacía y veía sus límites en una aristocracia campesina ociosa generó a Drácula, o más adelante el epígrafe de "el mayordomo siempre es el asesino". O los inadaptados sociales y solitarios se tronaban en hombres lobo que iban a acabar con las pequeñas villas de estricta moral castrense.

Todo parecía llevarnos al extremo de que la masa aboregada era lo único a lo que no teníamos que temer hasta que los zombies nos demostraron lo contrario. Ríos y ríos de masas aborregadas se han apoderado de nuestros miedos. No tememos al conde o al banquero, por que en nuestro miedo, los puteados por su sed, podemos unir-nos en su contra.

El miedo real es temer hasta a nuestro vecino. Por eso, este miedo, se torna en el miedo más popular. Es aquel en el que todos nos podemos encontrar en ambos bandos. Es el momento en el que descubrimos que todas las personas tenemos el poder; y no lo materializamos en ningún ente superior o distinto. Descubrimos así que la sed de drácula no se aplaca jamás en nuestros vecinos, al mismo tiempo que además ni siquiera les da más glamour, por mucho que consumen siguen siendo los mismos cutres ávidos de un nuevo consumo, ya que al igual que los zombies es un ciclo sn fin.

Con lo que al final aprendemos que cuando los pobres miran por sus intreses al final tampoco les sirve para nada, lo consumen compulsivamente y ya está. Al menos los aristócratas le daban cierto glamour a nuestra sociedad.